Alma ausente, piel indiferente


No hay razón para sentir que la soledad es la guitarra que endulza los momentos de dolor, ni que la primavera tornará azul lo que el invierno aletargó con su llanto. ¿Cómo haré que lo entiendas?
Me resisto a imaginar tu esencia añorando el compás del tiempo, deseando que su hechizo te atrape para siempre, implorando que sus horas te den una respuesta vacía.
Dejas ahogar tu espíritu, hipnotizando mi espacio cansado, mientras el deseo resbala por mis caderas para ir a perderse bajo el edredón. Allí permanecerá, hasta que tus pupilas me descubran de nuevo, ardiente como una Venus olvidada, pero resignada ante la llama extinguida.
Soy mujer, no lo olvides... hecha de deseo, como pocas. Sin manos que recorran mi geografía, podría consumirme en mi propio fuego.
Viviré atrapada en la reminiscencia de aquel volcán invencible, en cuya lava naufragué dichosa. Y tú, cancelarás la infantil espera, convencido de que tu vida vale menos que la ausencia del tiempo.
En ese instante sabrás que el amor no se resiste y que al morir el corazón, sólo nos quedaban los cuerpos. No hacía falta esperar que nuestras almas recuperaran la sintonía que les robó la rutina. Bastaba con liberar el instinto salvaje, aquel que en mi sangre nunca se adormeció.
Será amarga la espuma que despierte tu sentir, por que descubrirás que mi arena se habrá alejado de tu playa. Aunque gimas de angustia por la sal de mis besos, esta columna de pasión irá a derrumbarse sobre otro lecho.
Su nube de polvo revivirá tus ansias, pero al desvanecerse, ya me habré ido.

Sweet Apocalypses…


Llegará el día en el que todo se detendrá. La luz terminará su veloz viaje, el agua pondrá fin a su eterno ciclo, el viento descansará de su largo paseo y dejará de acariciar rostros y playas.
Las sonrisas morirán. También las lágrimas. Los sentimientos tomarán perpetuas vacaciones. Los pasos no dejarán más huellas en la arena e invitarán a las sombras a volverse nada.
No más poemas, no más palabras. Mi pluma también dejará de existir. Dormirá soñando con la libertad que tuvo, con las ansias que la hicieron decir tantas cosas...
Los pensamientos explotarán integrándose al vacío, cada espacio se volcará al abismo, cada abismo se consumirá a sí mismo.
¿A dónde irán tantas ilusiones? ¿Tanta roca sobre roca, tantas horas rotas? Todo y nada seremos, un arcoiris blanco y negro tomará el lugar del sol. En cada pupila se apagará una vida, cada latido absorberá un corazón y silencio será cada canción.
A hasta ese día sepultaremos máscaras, culminará la carrera que iniciamos en un útero. En oscuridad terminará lo que a oscuras empezó. Seremos iguales o quizá algo peor.
Poco ruido. Mucho espacio.
¿Cuándo pasará? En breves instantes... en miles de años, quién sabe. No acostumbres a decir que tienes 17, 20 o 35 años de vida. En realidad esos años son los que NO tienes ya.
Bienvenido al primer día del resto de tu vida.

Cuando llueve...


Desconecto mi mente de la falsa realidad.


 Mis seis sentidos se alertan,

 se preparan para las mil sensaciones que les mantendrán ocupados.

La labor de mis ojos es permanecer cerrados, 

la de mi olfato, aspirar el hechizo de la tierra mojada, 

la de mi oído, deleitarse ante el susurro celeste. 


Mi boca sólo debe repetir tu nombre

 y mis manos, adueñarse de mis deseos.

La más digna tarea le corresponde al más imprescindible de todos. 

Aquel sin el cual no podría permanecer en pie: 


Mi instinto.

Él se ocupará de transportarme lejos... 


tan lejos donde sienta que ya no puedo regresar.

Y así, el agua empapa mi inquietud, 

inspira mis canciones, aparta mis temores. 

Limpia mi alma del desamparo, 


apaga las llamas de la incertidumbre, 

trae a mi cama los recuerdos e ilumina mi futuro.

Las gotas cesan. Se apaga el ruido. Huye el aroma.

Lentamente despierto del letargo seductor, 


embriagada de paz y nostalgia. 

Muere un sueño. Nace la luz.

Al fin, abrazo la esperanza de que esta dosis de calma, 


me dará una semana más de vida. 

Un nuevo hálito, hasta que la lluvia vuelva a precipitarse 


sobre mis áridos días.

Comerse un mango con las manos...


Ante lo insípido de la vida, sus bromas pesadas,
su amargo transcurrir, 
su retahíla de sorpresas añejas y su inmadurez irritante, 
cavamos fosas absurdas en una desesperada búsqueda de felicidad.

Me pregunto qué es en realidad esa nube utópica, disfrazada de mil colores, perseguida hasta en sueños. 
Anhelada hasta por el perro de la esquina, 
creyendo que la alcanzará cuando al fin logre atrapar su cola.
Para el ladrón, es robar cuanto pueda y no ser atrapado. 
Para el asesino, organizar el crimen perfecto. 
Para el empresario, enriquecerse pagando menos impuestos. 
Para el presidente, terminar su mandato sin una sola huelga.
Grandes ambiciones, pequeños caprichos.
Plegarias que van y vienen sin encontrar ya quien las escuche:
Todos los dioses estan ocupados. 
La humanidad gime en reclamos que se confunden entre sí.

Y yo que aprendí a ver este desastre de otro modo, 
sin permanecer pasiva, pero sin atormentarme. 
La felicidad me tiene envidia, por lo fácil que la encuentro. 
Agotó sus mutaciones intentando seducirme 
y sólo consiguió que menos la persiguiera.
La descubro a cada instante, de la forma más sencilla:
Se me antoja aveces gris, a veces salada,
otras suave, escurridiza, casi imperceptible.

Mientras el catedrático persigue su postgrado,
el actor su Óscar 
y el cardenal su ascención a Papa, 
hoy fui feliz mientras saboreaba aquel dulce momento. 
El néctar de la alegría corría por mis brazos, 
embarraba mi cara y apaciguaba mi alma.
La cáscara terminó en el basurero, 
pero la dicha se quedó conmigo.

Simple. Como renunciar al cuchillo.

Mi absurda batalla


Sin prisa, me escondo del silencio, retrocedo ante su magia ocultando mis temores. Cada molécula de mi cuerpo es dueña de ansiedades que conviven en mi sangre con la simetría de un jardín inglés.
Bajo un rojo manto de olvido, guardo con recelo la iniquidad y el odio. Fantasmas poderosos combaten conmigo, arremeten contra mis fuerzas apretando sus espadas, amenazando con celebrar su triunfo: despojarme del fatídico cofre, resguardado por mi esencia y mi humanidad controlada.
Sola me enfrento a mis dragones, pues las luchas internas no admiten intervención de terceros. Sería como reconocer la incapacidad de mi escudo, la inutilidad de mis brazos para ganar esta guerra perenne.
Aún si pidiera ayuda, nadie lograría esquivar los proyectiles que me persiguen. Para mí están destinados, es mi carne la que deben lacerar, mi espíritu al que deben quebrantar. Quizás lo consigan, algunas murallas de mi fortaleza se han desplomado. De sus torres en ruinas emanan humaredas, que recuerdan los fracasos y decepciones del pasado.
Pero el ímpetu de mi océano llegará hasta los faros. Desde allí atisbaré a las naves enemigas. Con fuego en el corazón libraré mis batallas, y las páginas de la historia las pintaré de mi color. Al menos las de mi historia.
Sin importar el desenlace, que siempre será la derrota, ancla y velamen jugarán su papel. Predecir que seré vencida no obedece a inseguridad, debilidad o pesimismo. Es tan sólo el privilegio de poseer una certeza. La de que en cualquier instante, en cualquiera de mis campos, el final llegará vestido de Muerte. Vislumbraré su barca desde mi promontorio, y acudiré a su encuentro en humillante paz.
Comprenderé entonces lo absurdo de mi lid, añoraré la indiferencia ante el desafío, reconoceré su dominio sobre mi ejército. Y rendiré mis armas. Para siempre.